miércoles, 3 de febrero de 2010

Injustamente acusado.

En otros artículos de nuestro blog os hemos ofrecido comentarios críticos de Pruebas de Selectividad de Lengua Castellana y Literatura en Andalucía, realizados por alumnos de 2º de BTO del centro, pero en esta ocasión hemos decidido trabajar un editorial de El País, publicado el pasado 2 de diciembre de 2009, titulado "Culpable inocente" que aborda la triste historia de Diego P.V. injustamente acusado por la muerte de la pequeña Aitana, y cuyo caso tuvo una enorme repercusión mediática. Una concatenación de errores llevaron a un pobre hombre y a su familia a pasar por un auténtico calvario y una verdadera tortura psicológica de la que difícilmente podrán salir adelante. En la muerte de Aitana, se conjugaron varios fallos: 1) un error de diagnóstico por parte del personal médico que la atendió inicialmente al no revisar de forma pormenorizada las lesiones de la menor tras la caída de un columpio; 2) un segundo error médico tras la muerte de la pequeña al diagnosticar y dictaminar rápidamente que el “desgarro vaginal y anal” eran consecuencia de un claro maltrato físico y por tanto de abuso sexual; 3) un tercer error policial al activar el protocolo de maltrato basándose en que había indicios obvios de la culpabilidad de este joven de 24 años sin esperar a los resultados del forense y, vulnerando el derecho a la presunción de inocencia de toda persona en un estado democrático; y 4) un cuarto error de los medios de comunicación que sacaron rápidamente a la luz pública este asunto. El tema al que nos enfrentamos es, desde luego, verdaderamente complejo y delicado, por este motivo consideramos que a pesar de su dureza, era interesante que los alumnos de 2º de BTO reflexionaran sobre dicho asunto. A continuación podéis leer el comentario crítico de la alumna Sonia Jiménez Ruiz:
"Todos alguna vez hemos cometido errores, de hecho, muchos estarán en este momento arrepintiéndose, lamentándose y buscando el perdón de esa persona a la que han gastado una broma de mal gusto, a la que han dejado plantada esperando durante horas tras haber quedado para tomar un café o a aquella a la que le prometieron un paseo juntos y todavía sigue esperando. Pero hay equivocaciones de peso, que pueden marcar a una persona de por vida, y lamentablemente éste es el caso al que se refiere el texto que estamos comentando: se trata de la tremenda cadena de errores que se han producido tras la muerte de la pequeña Aitana, de tan sólo tres años, hace casi dos meses, y que llevaron a culpar de su muerte a un inocente. Tras un desacertado informe médico en el que constaba el erróneo diagnóstico de la fallecida y la vulneración del compromiso de confidencialidad que la policía está obligada a mantener, se materializó la detención de novio de la madre de la niña fallecida como presunto autor de los hechos.

Este caso reabre la vorágine de justificaciones con las que se han camuflado y disfrazado antiguos casos de negligencias de tipo médico, judicial, social, etc. Pero llegado a este punto: ¿pueden existir personas para las cuales el desacierto es viable? Cabe asegurar que si llegasen a cometer dicho “disparate” la repercusión que tal desatino tendría, sería irreversible, irremediable e incurable. Resulta paradójico cómo nos asignamos este derecho a la equivocación y posterior rectificación, sin reparar en las consecuencias. Desde luego es un asunto grave que las lesiones de la pequeña producidas por la desafortunada caída, se confundan con un caso de maltrato físico y violación; del mismo modo, es un tema peliagudo que la policía activara el protocolo estipulado para los casos de maltrato sin hacer las comprobaciones pertinentes; y por último, que los medios de comunicación divulgaran rápidamente la noticia. Todo ello ha provocado la detención de un inocente al que se le ha acusado e injuriado ininterrumpidamente.
En realidad, toda la sociedad ha pecado, le ha juzgado y ha contribuido a la muerte en vida de Diego, un joven para el que desde el fatídico día en el que lo arrestaron, la presunción de inocencia es una irrealidad. Nadie podrá devolver a esta persona esos días de encierro, soportando el dolor por la pérdida de la niña, la desesperación por no poder despedirla antes de su sepelio y la injusticia por ver cómo un país entero se estremecía creyéndolo un perverso violador. ¿Y ahora cómo se resuelve esto?: ¡Pobrecito!, ¡Qué lástima!, ¡Cómo debe haberlo pasado!, y nada más. Con todo esto, respondemos ante un cúmulo de irresponsabilidades por nuestra parte y de toda la sociedad porque hemos actuado como jueces y verdugos injustamente condenando a un inocente y cargándonos su vida para siempre."

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